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martes, 7 de enero de 2014

¡No, no, no!, si me lo dice un punki

Siempre me han excitado los hombres de pelo largo. "Esos no son punkis, son heavys", diréis. "O hippies". Muy bien. Yo tengo la tesis de que a pesar de que (supuestamente, aún inconscientemente debo añadirle el supuestamente... :P) los hombres de pelo corto son los favoritos de la mayoría de las mujeres, a mí me sigue poniendo una buena melena porque asocio esa imagen a mi infancia (nací en el 82) y me da seguridad. Cuento esta anécdota con este otro grupo urbano, anteriormente incluso enfrentado al punk pero cada vez más cercanos frente al expolio en el que vivimos, porque yo veo un greñas y me da confianza. Y no creo yo que eso sea algo que le pase a todo el mundo.

En mi casa tampoco eran muy heavys, de todas maneras. Así que cuando el rock and roll volvió a llegar a mi (y le costó, porque le cerraron las radios y las teles y los escaparates bonitos de las tiendas), las melenas me ponían inconscientemente pero empecé por lo facilito. Quiero decir, de poco ruido a más ruido, del amor y las metáforas a la reivindicación social. Hice todo el camino, de una punta a la otra (y los que aún le quedan por brindarme a este tipo de música, lo sé), y me encontré pensando de "esos tíos ruidosos que no paran de cagarse en la hostia todo el rato" (esta vez sí, los punkis), que la verdad es que si los escuchabas iban llevando bastante razón.

Supongo que sabéis que a mucha gente le gusta y escucha rock and roll en todas sus vertientes. ¿No os habéis preguntado por qué, entonces, este tipo de música y la gente que la hace no está más presente en los medios de comunicación y en la vida social, al igual que quienes se mueven en el mundo del hip-hop, por ejemplo? Preguntárselo y responderse es uno: los dueños de los medios de comunicación no los quieren ahí. ¿Y por qué? Esta pregunta parece más difícil de contestar. Para ello, recurriré a este artículo sobre los grupos censurados en España en 2013. En él, explican que algunos de los motivos que se dieron este año para no dejar tocar a los grupos (en este caso los dieron políticos, pero ya sabemos que los intereses son los mismos) son, por ejemplo, "evocación de una práctica sexual" (Vucaque) o "transmitir mensajes contrarios a la Constitución" (S.A., Fermín Muguruza), como si tuviéramos 15 años o no fueran ellos los primeros en estarse pasando la Constitución por el arco del triunfo.

Mientras invisibilizan al máximo lo que no les interesa, los dueños de los grandes medios de comunicación (incluidos los gobiernos y en la práctica sus políticos), generan desde sus posiciones privilegiadas una imagen de la sociedad a medio camino entre DisneyWorld y un film de terror. Uno, para tener suerte, debe mantenerse en el lado Disney, por supuesto. Así, debemos intentar ser bellos, parecer (al menos) jóvenes, tener un trabajo a jornada completa y bien remunerado, hacer deporte, viajar por el mundo, ser moderados, tener buen aspecto, estar a la última en tecnología, etc, etc, etc. La bonita sociedad del bienestar en la que ya no vivimos nos ha asegurado un sofá rosado y una telenovela con palomitas. Navidades mágicas. Y qué coño, personas guapas. Por otro lado, todos sabemos de los grandes peligros que nos acechan y de los que constantemente somos prevenidos a través de los medios: robos, violaciones, asesinatos, paro, terrorismo...

El sistema de vida capitalista ha acabado con las antiguas comunidades en las que como parece, la vida se vivía de forma más común. Hoy en día se nos insta desde instituciones y puestos de trabajo a la carrera en solitario y al sálvese quien pueda bajo sus pautas. Nuestras vidas se pueblan de enemigos: el extranjero, el pobre, el diferente... y el igual que podría ocupar nuestro puesto bajo su sigilosa máscara amable (o no). Vuelvo ahora al tema de mis adorados melenudos, porque si lo he elegido para abrir este artículo es precisamente para explicar que comprendo bien que todos tenemos prejuicios. A mí me gusta una cosa y me desagrada otra, muchas veces, basándome solo en experiencias anteriores y encima en su mayor parte inconscientes. Incluso, he admitido que me costó llegar al punk.

Señoras y señores: entiendo su miedo cuando ven a un punki con esas pintas, tan diferente a lo que sale por la tele o uno acostumbra a ver paseando por la calle, cuando lo escucha chillar en lugar de cantar y se caga en el padre de todo lo que nombra o cuando lo ve pegando brincos como un mono poseído. Pero entiendan ustedes, que una parte de su miedo es inconsciente, otra gran parte es aprendido (y no se la enseñaron de forma inocente) y la otra parte de miedo que queda... quizá no exista o simplemente dependa de usted. El cambio del mundo germina en uno mismo. No se asusten. No tengan miedo del mundo ni de ser quienes son. No tengan miedo de saber quiénes son realmente los demás. Por su futuro. Por su calidad de vida. Por la gente que quieren. Porque, por más que haya a quien le interese hacérnoslo ver, los problemas de la calle no son de los demás. Reconozcámoslo de una puta vez para poder cambiarlo, porque ya ven por mi vocabulario, que entender a un punki y convertirse en uno es todo lo mismo. Y si no, ya me pueden decir si piensan seguir comiendo mierda, con los cerebros destruidos, con este jodido futuro, diciendo amén donde ellos dicen mierda y en definitiva, ¡¡¡toda la puta vida igual!!!


sábado, 4 de enero de 2014

Mujeres excitadas

Junto con los parados, los extranjeros o los homosexuales, las mujeres somos uno de los grupos más ampliamente estigmatizados todavía en algunos sectores de nuestra sociedad. Así lo demuestra por ejemplo la nueva legislación en materia del aborto, que no solo parece querer castigar bíblicamente a la mujer por gozar de una vida sexual activa y saludable sino que directamente la desvincula de su propio cuerpo, arrebatándoselo para el estado.

En materia sexual, la mujer siempre ha sido (y aún es, como queda demostrado con la susodicha ley) una menor de edad mental. Mentalmente disminuida y con un cuerpo perteneciente al marido, el amante, el padre, la madre, la familia, el gobierno, la sociedad y el honor. La vida sexual femenina sigue siendo un tabú mayor que la masculina en todos los sectores de nuestra sociedad, lo que me ha llevado a acordarme de casos como el de la concejala socialista Olvido Hormigos, que renunció a su cargo tras hacerse público un video en el que mantenía relaciones sexuales, y de otros más tristes y trágicos, más injustos y desesperanzadores, en que los mismos hechos u otros parecidos se llevaron por delante las vidas de niñas confundidas y asustadas. Niñas con nombres y apellidos: Rehtaeh Parsons (17, Nueva Escocia), Amanda Michelle Todd (16, Canadá), Audrie Pott (15, California)...

Qué indignación. Pero el propio lenguaje nos delata. Nos delata a nosotros, a lo que pensamos, a nuestros prejuicios. Porque las fotos no se hacen públicas. No se publican a sí mismas un buen día. Y yo propongo contar estas historia como realmente son: esas mujeres, satisfechas, asombradas, embelesadas con sus cuerpos y su vida sexual deciden en un momento inmortalizarla, animadas o no por otra persona, lo que en realidad es lo menos importante. Del mismo modo, deciden compartir la grabación con alguien en quien confían (o quizás algunas no, tampoco esto debería ser tan relevante) y es esta persona, o alguien de su entorno, quien hace la foto pública. Son otras personas las que critican y juzgan, de la forma más atolondrada y mezquina, retratándose a sí mismas pero hiriendo gravemente en el camino a quien no tiene los recursos necesarios para defenderse. Así es la realidad de las cosas. Entonces, una persona hace pública la foto, un medio la acepta, un público la mira, opina, la difunde... Pero la culpable es la mujer. Por estar satisfecha de su cuerpo, por tener tetas y coño, por gozar de su vida sexual y confiar en los demás como una disminuida psíquica. Ya se lo advertimos.

Ninguna foto debería valer la vida de una persona. Pero una teta no es un crimen, un coño no es un crimen, una mujer sexualmente excitada no es un crimen. Ha llegado el momento de ver este discurso institucionalizado de violencia contra la mujer como lo que realmente es: una treta de búsqueda subrepticia de poder político y económico que ha generado durante siglos y genera desinformación, odio, sufrimiento y muerte. Esas personas que cubiertas de solemnidad insinúan que las mujeres liberadas son zorras, son putas, pedazos de carne sin honor; son subnormales o malas personas. A la próxima mujer cuya fotografía publiquen en un medio sin su consentimiento (porque va a pasar, porque así es el ser humano), la invito a no sentirse humillada. A no agachar la cabeza. A descriminalizar el cuerpo y el deseo sexual de las mujeres. A pasárselo por el coño. A no abdicar. A protestar, a contestar, a defenderse. Y queridas, para hacer esto, por mucho que a algunos les ofenda, debemos, por supuesto, conservar la templanza, la dignidad y la vida.



REDONDILLAS

Hombres necios que acusáis
a la mujer, sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis;

si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?

Combatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.

Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco,
al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.

Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis
para prentendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.

¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?

Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.

Opinión, ninguna gana,
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, es liviana.

Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.

¿Pues como ha de estar templada
la que vuestro amor pretende?,
¿si la que es ingrata ofende,
y la que es fácil enfada?

Mas, entre el enfado y la pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos en hora buena.

Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.

¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada,
o el que ruega de caído?

¿O cuál es de más culpar,
aunque cualquiera mal haga;
la que peca por la paga
o el que paga por pecar?

¿Pues, para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.

Dejad de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.

Sor Juana Inés de la Cruz